Problemitis

“No se trata de hacer 5 problemas al día, sino de hacer el mismo problema de 5 formas distintas”

En el último informe PISA 2012, además de las competencias tradicionales (matemáticas, lectura y ciencias), se incluye una evaluación de la capacidad de los estudiantes para resolver problemas para medir los procesos cognitivos esenciales que los estudiantes tienen que utilizar para resolver los problemas que pueden encontrarse en su vida cotidiana. La resolución de problemas se evalúa mediante un ordenador, que registra aspectos como el tipo, frecuencia, duración y orden de las acciones llevadas a cabo por los alumnos cuando contestan a las preguntas.

 Las puntuaciones medias obtenidas por los alumnos españoles se ubican por debajo de la media de la OCDE. Este resultado se explica por el gran porcentaje de alumnos (28%) que se sitúa en los niveles más bajos de competencia (frente al 20% de la OCDE), ya que el 8% que alcanza los niveles más elevados (5 y 6) es muy similar al porcentaje de la media OCDE (11%). La mediocridad es evidente, galopante y preocupante.

¿Qué mide esta competencia? La capacidad del individuo para comprender y resolver situaciones en las que la solución no resulta obvia de forma inmediata. La disposición del alumno para alcanzar el propio potencial como ciudadano constructivo y reflexivo. La capacidad para explorar y comprender un problema, así como para representarlo y formularlo. Junto a esto y por último; la capacidad para planificar, ejecutar, controlar y reflexionar para dar con la solución al problema planteado.

Basta de poner paños calientes. Hay que cambiar la metodología en las aulas para orientarlas hacia un saber aplicado, hacia un conocimiento puesto al servicio de la resolución de situaciones habituales. Es de sentido común, el menos común de los sentidos. Llevamos desde el año 1990 diciendo lo mismo y haciendo lo contrario. Si aceptamos que lo importante no es lo que se sabe, sino lo que se sabe hacer con aquello que se sabe, ¿por qué no lo trasladamos a las aulas? Es cierto que a pesar de lo que publica la prensa, la enseñanza es una profesión llena de personas extraordinarias y comprometidas. Pero es igualmente cierto, que un número significativo de docentes, debe y tiene que reciclarse totalmente.

Hoy he visitado dos aulas de matemáticas de 1º de ESO. En ambas se comenzaba la unidad didáctica de las ecuaciones de primer grado. En una de ellas, el docente comenzó diciendo: “Una ecuación es una igualdad entre expresiones algebraicas que se cumple para cierto valor de la incógnita” En el otro grupo, la profesora ha traído una balanza para hacer visible qué es una igualdad y cómo se puede llegar a ella o evitarla, equiparando cada uno de los platillos con cada término de la ecuación, el engranaje del medio con el signo igual y las pesas con cada uno de los números y/o incógnitas.

Este alumnado ha percibido qué es una ecuación a través de los cinco sentidos. El primero de los docentes no ha sabido reducir el nivel de abstracción para introducir el concepto de ecuación. No conoce o no aplica los principios epistemológicos de la didáctica de las matemáticas. Por el contrario, la profesora sí ha enfocado adecuadamente un nuevo aprendizaje matemático. Además en la entrevista posterior con ella, me comentó lo siguiente: “Tengo claro este axioma; ponga un problema a esa cuenta y si no lo encuentra, entonces quite inmediatamente la cuenta”

El sistema de acceso a la docencia y la selección del profesorado, junto con la formación inicial y continua, de maestros y profesores, es claramente deficiente. Mientras esto no cambie, y los mejores talentos de la sociedad no sean los que se sitúen en las aulas, de nada servirán más medios materiales y humanos. Esto se conoce perfectamente a través de dos informes transnacionales solventes y basados en evidencias científicas: Infomes Mckinsey 2007 y 2009. Estos estudios resaltan la importancia de tres aspectos: 1) conseguir a las personas más aptas para ejercer la docencia, 2) desarrollarlas hasta convertirlas en instructores eficientes, y 3) garantizar que el sistema sea capaz de brindar la mejor instrucción posible a todos los niños. (Atención a la diversidad y personalización de los procesos de enseñanza-aprendizaje)

Resumiendo. La calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes.

Los sistemas que actúan así, demuestran que las mejores prácticas para alcanzar estos tres objetivos no guardan relación con la cultura del lugar donde se las aplica. Asimismo, también dan fe de que pueden lograrse mejoras de importancia en los resultados en el corto plazo, y de que la aplicación universal de estas prácticas podría tener enorme impacto para la mejora de los sistemas educativos con dificultades, dondequiera que estén.

Entonces, si los poderes públicos saben lo que se tiene que hacer, ¿por qué no lo hacen?

 

Javier Fernández Franco
Inspector de educación
@javierinspector