Don Pablo

Ahora que comienza el curso, debo rendir reconocimiento a los maestros de primaria. Ellos son los que nos enseñaron a leer y escribir, a hablar en público, a estudiar para aprender, a respetar a los mayores, a trabajar con los compañeros, a ser un poco más felices. De entre todos los que he tenido la suerte de disfrutar, resalto y destaco a mi tutor en el entonces llamado Colegio Público Mixto Nacional de EGB San Agustín, desde 5º a 8º de aquella Ley 14/1970 General de Educación, conocida como Ley Villar Palasí. Él es Pablo Sánchez, Don Pablo para todos sus alumnos. 

Recuerdo que cuando ahora se quejan de que las ratios sobrepasan los 25 alumnos, en aquellos años 80 estábamos en clase de 8º 44 alumnos, y la gestión del aula era impecable. Don Pablo era un profesional exquisito. Hacíamos exámenes orales, debates espontáneos pero al mismo tiempo organizados desde nuestros propios intereses, diálogos. Ahora, a estos aprendizajes los teóricos de la pedagogía los denominan desarrollar la oralidad desde los centros significativos del discente.

Nos gustaba trabajar en equipos haciendo murales, reportajes y encuestas, midiendo, pesando, comparando, participando en concursos. Eso que hoy en día se conoce como el paradigma del aprendizaje cooperativo.

Cuando llegaba la hora de la educación física, el patio del centro se nos quedaba pequeño. Jugábamos a todos los deportes colectivos posibles: baloncesto, rugby, balonmano, fútbol, voley, y los equipos siempre eran mixtos de niños y niñas. Actualmente, los gurús de la jerga pedagógica denominan a esto una educación integral y especializada desde la perspectiva de la igualdad de género.

Las tardes las dedicábamos a desarrollar talleres, a mí me encantaba el de jardinería. Seguramente que hoy en día hablaríamos de una educación medioambiental de corte transversal. Además en las áreas de educación artísticas, diseñábamos y realizábamos pequeños aparatos como carritos, coches movidos por el viento, molinillos…Los técnicos de la didáctica etiquetan estas enseñanzas como educación tecnológica.

Don Pablo combinaba magistralmente la empatía con la autoridad en un equilibrio perfecto. Eso es arte. Con las familias mantenía un contacto constante y éstas le tenían un gran respeto profesional. En nuestros tiempos, a esto se le denomina desarrollo de la inteligencia emocional y del plan de orientación y acción tutorial.

Cuando nos castigaba merecidamente, nadie ponía reparos ni obstáculos en sus decisiones. Nosotros conocíamos las normas y los límites que no se podían superar. Éramos niños felices y, que yo sepa, no tenemos traumas psicopatológicos ninguno de nosotros. Ahora, habría que convocar a la comisión de convivencia para analizar si el procedimiento aplicado en las sanciones ha sido el correcto.

Y sobre todo, Don Pablo nos transmitió con su ejemplo diario, los valores humanos más esenciales para la convivencia; la constancia, el esfuerzo, la justicia, el trabajo bien hecho, el respeto hacia las diferencias. El verano pasado, sus alumnos de la promoción 84/88 organizamos un encuentro con él. Cuando apareció en el restaurante, rompimos todos en aplausos. Era nuestra manifestación de reconocimiento a su labor y entrega. Este año me comentó que se jubilaba. El magisterio de Écija pierde a un excelente maestro. Gracias, Don Pablo.

Javier Fernández Franco
Inspector de educación
@javierinspector