Horrotondismo

¿Se han preguntado alguna vez el porqué de las rotondas? No se crean que es una pregunta estúpida. Una sociedad que deja de preguntarse el porqué de ciertas cosas está condenada a creerse lo que le ponen en la televisión. Y eso es peor que la extinción.

No son ganas de interrogarse. Incluso hay una teoría que asegura que las rotondas son una de las bellas artes. O merecen serlo. Los hay que consideran que el rotondismo es “el movimiento escultórico más importante de España desde la ocupación romana”. Ustedes se lo toman como quieran. También los hay que, desde el punto de vista contrario y con ganas de malmeter, han acuñado el palabro “horrotondismo”.

Sea como fuere, lo que no puede negarse es la de miles de intersecciones circulares que hay, con su poco de carrusel y de túmulo funerario tartésico. Su construcción ha ido ligada al boom del ladrillo, a la cultura del adosado y al clientelismo municipalista.

Si nos ponemos filosóficos, las rotondas tienen algo de sinsentido de la vida, de ir dando vueltas ridículamente, cual perro olfateando su propio trasero. Tampoco han faltado quienes apuntaban que, eliminando los semáforos, se ahorraba en consumo eléctrico. Incluso los hay que han calculado a cuántas rotondas cabemos por contribuyente.

Pero, al final, de lo que más tienen las rotondas es de politiquilla cateta, ¿no creen? De precampaña electoral a la carrera. De “inaugura que algo queda”. O, peor aún, del “corre que nos pilla el toro y no hemos inaugurado nada todavía”.

Ni puta gracia

¿Han visto ustedes ‘Casablanca’? Seguro que sí. Y les sonará esa escena en que el capitán Renault, el oficial francés corrupto, le cierra el local a Humphrey Bogart con un “¡Qué escándalo! ¡He descubierto que aquí se juega!” justo antes de recoger el dinero ganado jugando.

Esa escena quizá describe la última semana en España. Gente como Manos Limpias, fundada por uno de Fuerza Nueva, denunciando bromas fascistas en twitter. Quizá porque consideran que el fascismo es algo muy serio o porque creen que el genocidio de Franco fue poca cosa porque el general no tenía twitter. O creen que disparar a negros nadando, por poner un ejemplo, es humor británico.

¿Tengo que dejar claro que rechazo la violencia? Vale, lo hago. Y aclaro que no me gusta el humor negro. Pero me gusta menos aún que se linche a quien le gusta. Igual nos iría mejor si, además de en los chistes malos, nos fijamos alguna vez en las políticas malas.

Por aclararnos: ¿el problema es el humor negro? ¿Las bromas sobre genocidios? Porque, si es eso, podemos convertir el Valle de los Caídos en un parque de atracciones y santas pascuas…

Es un error juzgar una broma como si fuera una opinión. “Los chistes son solo eso, chistes, con los que uno se puede reír o no”. Miren ustedes por dónde, eso lo ha dejado escrito Irene Villa.

Analfabetismo científico

Una encuesta oficial constata que un 25% de los españoles cree que el Sol gira alrededor de la Tierra; y que el 30% cree que los humanos convivieron con los dinosaurios, a pesar de que ambos grupos están separados por más de 60 millones de años. Además, un 11% niega que el ser humano proviene de la evolución de especies anteriores.

Queda claro que los españoles no hemos llegado a Copérnico. Algunos ni a Darwin. Eso se llama analfabetismo, una falta de conocimientos básicos que podría explicar el éxito de la homeopatía (que consiste en creer que el agua tiene memoria), el reiki (que consiste en que alguien te va tocando varias partes del cuerpo hasta que le das dinero) y los programas de Iker Jiménez.

Eso también explica que alguien se crea que el humo de la cremación provoca cáncer, los datos de audiencia de los Barça-Madrid y, en parte, que Mariló Montero siga buscando el alma en alguna parte del cerebro. A lo mejor, esa falta de capacidad analítica, de curiosidad crítica, ese “¡que inventen ellos!” traducido en recortes en I+D, también explicaría que cierren librerías.

Pero no seamos agoreros. Igual tanta obstinada ignorancia nos trae una nueva era dorada de alquimistas, grafólogos, adivinos, numerólogos y, en general, una nueva Edad Media.

Instrucciones para un expolio

Dejémonos de prolegómenos, señora. Al grano: no sabemos hablar. Bueno, saber sí sabemos. Pero maltratamos las palabras. No las usamos como es debido, ni cuando debemos ni les damos el significado que deberían tener.

En serio: ¿dónde ha aprendido a hablar más de uno de los que asoman el hocico por los medios de comunicación locales? ¿En un ‘brainstorming’ de cuñados? Y si no es así ¿a qué viene llamar ‘expolio’ a la marcha de las monjas de las Teresas? A ver, vayan centrándose que delante hay sitio. Se expolia a alguien a quien se le quita violentamente algo que le pertenece, según la Real Academia de la Lengua. Verbigracia: expoliar es lo que hemos sufrido en las excavaciones del Picadero.

Lo de las Teresas es otra cosa. En sentido estricto, una mudanza: la de unas señoras que forman parte de una asociación determinada que no pueden mantener su sede y se cambian de casa. ¿Alguien ve la violencia en todo eso?

Ojo: no voy a ser tan incauto de decir que no me parece mal. Pero las señoras monjas en cuestión están en su derecho y, por seguir siendo estrictos, tras su mudanza, los supuestos tesoros que había en el convento los vamos a seguir disfrutando los ecijanos de a pie lo mismo que hasta ahora: nada.

Pero ese no es el tema. Es el de usar tan mal las palabras. Créanme que, si yo fuera creyente, le pondría toneladas de cirios a San Cucufato para ver si entre tanto desfile de caspa, carcundia y arrogancia mendaz que nos deja sin reservas de vergüenza ajena, encontramos el botón de ‘STOP’ para parar este ruborizante espectáculo de despropósitos.

Hombres que miran fijamente a las cabras

El general Albert Stubblebine III, oficial de alto rango con 16.000 soldados a sus órdenes, intentó atravesar una pared en 1983. El general estaba al mando de operaciones de inteligencia en el ejército de Estados Unidos y la pared era la de su despacho. Albert Stubblebine III se concentró tratando de armonizar su cuerpo entero con el Universo, dejando que todo fluyera, le dijo a su asistente que iba al despacho de al lado y se fue acercando a la pared, poco a poco, cada vez más rápido, respirando rítmicamente, imaginando en su mente que atravesaba la pared. Ommmmm… ommmm…

Esa mañana de 1983, el general Albert Stubblebine III, un oficial de alta graduación y amplia experiencia del ejército de los Estados Unidos, jefe de operaciones de inteligencia, con 16.000 soldados a sus órdenes, se estampó contra la pared de su despacho y se rompió la nariz.

La historia es completamente real. Hasta inspiró una película. El general Albert Stubblebine III intentó atravesar la pared de su despacho varias veces. Fallaba. Pero seguía intentándolo. Una y otra vez, desafiaba las leyes de la física.

¿Que a qué viene esta historia o qué tiene que ver con nosotros? Esperen un poquito a que se vayan acercando las elecciones municipales y estén atentos a las cosas que intentan nuestros partidos y sus respectivos candidatos y candidatas. ¿Qué apuestan a que también más de uno y más de una se olvida de que está hecho de átomos y se cree que puede atravesar paredes? Y lo intentará. Una y otra vez. Difícil, sí. Pero posible.

Porque está demostrado que hasta la peor gilipollez puede salir bien alguna vez.

¿El futuro era esto?

Pues ya se va terminando la Navidad-Blanca-Navidad. Blanca no sé, pero fría… un rato. Más que el abrazo de una suegra. Ya se sabe: ‘Winter is coming’, etcétera. Sólo falta que nos nieve. Aunque, visto el nivel de ranciedad del entorno, más que nieve, lo que nos caería es caspa. Que el ambiente será gélido, pero también es rancio.

Sí, señora, con la de caspa que nos sobra vamos a tener unas Navidades de lo más blancas. Morteradas de nieve casposa. Más que negro carbón. Es lo que parece imponerse en estas fechas en que derrochamos cursilería y nos emocionamos con los anuncios de las multinacionales a las que maldecimos el resto del año. Ah, la Navidad… qué exquisita coartada para limpiar conciencias.

A todo esto ¿se han dado cuenta que estamos ya en el año en el que Michael J. Fox regresa al futuro? Seguro que sí. Pues, ya ven: ni coches voladores, ni vestimentas futuristas, ni nada de eso. Y no es que yo pensara que en el siglo XXI iríamos todos con trajes de licra, escafandra y nos teletransportaríamos. Me molaba más el futuro rollo Mad Max o Blade Runner. Pero, ya ven. Por alguna mística razón, no hemos llegado ni a eso.

Lo que no esperaba yo es que el dos mil y pico se pareciera tanto a los 80 del siglo pasado. De verdad… ¿el futuro era esto?

 

 

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