Nos pegan por nuestro bien

Qué asco de modernidad globalizada, oigan. Ya ni el Enemigo Público Número 1 es lo que era. Quién iba a decir no hace nada que ni Corea del Norte, ni Irán, ni Sadam eran una amenaza para el orden mundial. ¡Ni Osama bin Laden y Al Qaeda meten ya miedo! Pero diga usted Lehman Brothers o Goldman Sachs…  verá qué susto, señora.

Y es que esas agencias de calificación que nadie sabe de dónde han salido y por qué hay que hacerles caso dan más miedo hoy que un antidisturbios en Valencia. Ya ven, no hacía falta robar cabezas nucleares. Ni enriquecer uranio ni matar a nadie. Basta con manejar con igual soltura la porra y los índices de la Bolsa.

Igual es porque no hay dinero. Que lo mismo cuesta menos pagar la caldera de un instituto de secundaria que construir un aeropuerto sin aviones. O que al gobierno le hacen rebaja en el gas lacrimógeno. Va a ser que hay que ahorrar. Ya lo habrá escuchado usted, señora: “hay que apretarse el cinturón”, “es necesario hacer sacrificios”… Parece que el argumento del PP es que nos pegan por nuestro bien. Para evitar males mayores. Igual eso es lo que pone en el primer capítulo de la reforma laboral esa que se resume en que para poder tener trabajo hay que renunciar a varios derechos. A cuantos más mejor.

Hay que ver. Rajoy sólo dijo dos cosas en la campaña electoral de las generales: que no iba a subir los impuestos ni a abaratar el despido. Ni tres meses ha tardado en incumplir ambas promesas. Menos prisa se está dando para presentar los presupuestos. Se va a esperar a que pasen las elecciones andaluzas. Que también es casualidad.

Dobles raseros

Les aseguro que iba a dedicar esta columna de improbable lectura a la condena al juez Garzón por el Supremo, que lo inhabilita y lo expulsa de la Audiencia Nacional. Sabrá usted, señora, que lo hacen por lo de las escuchas a los abogados de los cabecillas de la red de corrupción Gürtel. Es curioso: hay quien me dice que no es de recibo lo de esas escuchas, pero que ve bien que se les hubiera hecho a los abogados de los que han tenido algo que ver en el caso de Marta del Castillo. Ahí sí, ¿no?

Pero no quería hablar sobre eso. Tampoco sobre todo ese asunto del cierre de Megaupload y la que se ha formado por el tren de vida que llevaba uno de sus cabecillas, el excéntrico Kim Dotcom, que tenía un Cadillac rosa y todo. Es curioso: los que más se escandalizan por eso son los mismos que no dicen nada sobre los excesos del presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, el que tiene una estatua megalomaníaca en un aeropuerto sin aviones. Ahí nos callamos, ¿no?

Y tampoco es que tuviera muchas ganas de hablar de la supresión de Educación para la Ciudadanía, esa medida que ha tomado el PP en un momento en que no estaban obedeciendo a Angela Merkel. Dicen que lo han hecho porque es “adoctrinante”, lo que no deja de ser un chiste malo cuando arropan la enseñanza de la religión católica en esta, en principio, aconfesional España. Ahí no hay doctrina, ¿no?

Yo lo que quería era escribir del obispo de Granada, que ha criticado “la cultura del subsidio”. Él, que forma parte de una iglesia que recibe cada año unos 10.000 millones de euros de dinero público. Ahí lo que no hay es vergüenza.

Ocurrencias

Uno. Bonita iniciativa del ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, de exigir responsabilidades penales a los gestores públicos por el aparente delito de endeudarse. O Montoro está en pleno pique demagógico con el ministro de Economía, Luis de Guindos, o piensa despoblar su partido, el PP, en la Comunidad Valenciana, tierra de aeropuertos sin aviones, estatuas ciclópeas, tramas Gürtel y colegios sin calefacción.

Ya me gustaría ver al ministro de Justicia, Gallardón, redactando la ley que permita mandarle al estaribel a él, que puede pasar a la historia por haber sido el alcalde del ayuntamiento más endeudado, el de Madrid.

Dos. Y, ya que hablamos de ocurrencias y de la Gürtel, el “argumento” más gracioso que he leído contra el juez Garzón es uno de gente autoproclamada de derechas que dice algo así como que “Con el paro que hay y nos entretenemos en juzgar a alguien por unos trajes”. Siguiendo el “razonamiento”, se podría argumentar igualmente que “Con la crisis que había en los años 30 en EE.UU. y la ley juzgando a Al Capone por no declarar unos ingresos de nada”.

 Y otra cosa de mucha risa es la respuesta que dio Ignacio Peláez, el abogado que se ha querellado contra Baltasar Garzón por la Gürtel, cuando le pidieron que dijera qué datos fruto de las intervenciones de las conversaciones de los acusados utilizó Garzón ilegalmente. “Lo que me preocupa es que yo no tengo datos”, reconoció. No me digan que no es para morirse, literalmente, de risa. O de vergüenza.

 

 

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