Cerrando Locales

Si hay una manía que no entiendo es la de querer que todo siga como estaba. Quiero decir que, maniático como soy, se me escapa qué mueve a una persona a salir cada día dispuesta a escandalizarse por algo nuevo que está en el lugar de algo viejo.

Sé que saben de qué hablo. Muchos de ustedes están en algún grupo de whatsapp o de Facebook de esos de compartir mensajes y fotos de “mira qué bonita esta plaza en los años veinte” o “ay qué lastimita que esta fachada tan del siglo XV ya no existe”. O seguro que tienen un cuñado que habla de esas cosas y las comparte habitualmente.

A todos nos gusta lo añejo. Pero una cosa es ser conservador y otra querer vivir en un parque temático del Barroco rancio. Y enfadarse a diario con cualquier cambio no puede ser bueno. Como tampoco ese afán por embalsamarlo todo, por pelearse porque todo se mantenga “como toda la vida de Dios”, por querer solamente recuerdos.

Uno sabe que se hace viejo cuando le da pena que se cierre un local en su ciudad. Nos ha pasado a todos y nos seguirá pasando. Se cierra el cine donde tantas pelis disfrutaste o el bar de la esquina donde solías quedar con los amigos y te enfadas con la franquicia de Inditex, la tienda de Apple o el comercio de los chinos que los sustituye. Ese enfado es un placebo, nuestra manera de matar el tiempo. Y es una emoción que pasa.

Porque todos seguiremos quedando en la misma esquina con los colegas, a pesar de todo. Y a pesar de los enfermizos disecadores nostálgicos que no se acostumbran a ver pasar el tiempo y la vida.

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Manuel Rodríguez

 

 

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