Peñaflor

El año que viene se podrá pasear por el Palacio de Peñaflor. No, es broma, pero ¿a que se le ha acelerado el pulso por la emoción, señora? La recuperación de los balcones largos es firme candidata a ser la nueva ‘Obra de Santa Cruz’ – ya saben, esa que no se termina nunca – en reñida competición con el Carnet Joven. No se rían: tengo una amiga a la que se le ha pasado la edad esperando los descuentos de la tarjeta.

            Y menos mal que estamos hablando de un edificio patrimonial y que es un puntal básico para el desarrollo turístico y socioeconómico y bla, bla, bla… Estoy seguro que todos y cada uno (y una) de ustedes tiene un amigo que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que una vez escuchó que al Palacio de Peñaflor se le puede sacar mucho rendimiento turístico-económico. Eso sí: una vez que esté com-ple-ta-men-te restaurado.

            Ay, cuánto tenemos que aprender de los catalanes. Fíjense que ellos llevan más de un siglo ingresando parné por enseñar a los turistas la Sagrada Familia, que empezaron a construir en 1882 y todavía no han terminado. ¿No podemos nosotros sacarle también provecho turístico a Peñaflor? Bastaría poner unos chavales a repartir flyers en El Puente y en El Salón y formar a guías que explicaran a los turistas ingleses y orientales que Peñaflor está como está porque es una obra extraordinariamente compleja. Les ponemos a los guiris un puesto de salchipapas y la actuación de dos academias flamencas y negocio redondo.

                Ya que no disfrutamos del palacio, al menos que le saquemos algo de pasta.            

Manuel Rodríguez

 

 

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