Horrotondismo

¿Se han preguntado alguna vez el porqué de las rotondas? No se crean que es una pregunta estúpida. Una sociedad que deja de preguntarse el porqué de ciertas cosas está condenada a creerse lo que le ponen en la televisión. Y eso es peor que la extinción.

No son ganas de interrogarse. Incluso hay una teoría que asegura que las rotondas son una de las bellas artes. O merecen serlo. Los hay que consideran que el rotondismo es “el movimiento escultórico más importante de España desde la ocupación romana”. Ustedes se lo toman como quieran. También los hay que, desde el punto de vista contrario y con ganas de malmeter, han acuñado el palabro “horrotondismo”.

Sea como fuere, lo que no puede negarse es la de miles de intersecciones circulares que hay, con su poco de carrusel y de túmulo funerario tartésico. Su construcción ha ido ligada al boom del ladrillo, a la cultura del adosado y al clientelismo municipalista.

Si nos ponemos filosóficos, las rotondas tienen algo de sinsentido de la vida, de ir dando vueltas ridículamente, cual perro olfateando su propio trasero. Tampoco han faltado quienes apuntaban que, eliminando los semáforos, se ahorraba en consumo eléctrico. Incluso los hay que han calculado a cuántas rotondas cabemos por contribuyente.

Pero, al final, de lo que más tienen las rotondas es de politiquilla cateta, ¿no creen? De precampaña electoral a la carrera. De “inaugura que algo queda”. O, peor aún, del “corre que nos pilla el toro y no hemos inaugurado nada todavía”.

 

 

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