Peñaflor

El año que viene se podrá pasear por el Palacio de Peñaflor. No, es broma, pero ¿a que se le ha acelerado el pulso por la emoción, señora? La recuperación de los balcones largos es firme candidata a ser la nueva ‘Obra de Santa Cruz’ – ya saben, esa que no se termina nunca – en reñida competición con el Carnet Joven. No se rían: tengo una amiga a la que se le ha pasado la edad esperando los descuentos de la tarjeta.

            Y menos mal que estamos hablando de un edificio patrimonial y que es un puntal básico para el desarrollo turístico y socioeconómico y bla, bla, bla… Estoy seguro que todos y cada uno (y una) de ustedes tiene un amigo que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que una vez escuchó que al Palacio de Peñaflor se le puede sacar mucho rendimiento turístico-económico. Eso sí: una vez que esté com-ple-ta-men-te restaurado.

            Ay, cuánto tenemos que aprender de los catalanes. Fíjense que ellos llevan más de un siglo ingresando parné por enseñar a los turistas la Sagrada Familia, que empezaron a construir en 1882 y todavía no han terminado. ¿No podemos nosotros sacarle también provecho turístico a Peñaflor? Bastaría poner unos chavales a repartir flyers en El Puente y en El Salón y formar a guías que explicaran a los turistas ingleses y orientales que Peñaflor está como está porque es una obra extraordinariamente compleja. Les ponemos a los guiris un puesto de salchipapas y la actuación de dos academias flamencas y negocio redondo.

                Ya que no disfrutamos del palacio, al menos que le saquemos algo de pasta.            

Manuel Rodríguez

Yolanda

Yolanda Marín ha muerto. Demasiado pronto. Me cuesta horrores hacerme a la idea.

Yolanda, Yoli, se nos ha ido. El destino tiene que ser algo muy cabrón para dejar tanto dolor. Yoli se ha ido y su marcha deja un hueco tan grande que no habrá nada que lo pueda llenar.

Pocas personas podrán presumir de reunir tantas buenas cualidades como las que acumulaba Yolanda. Que se prepare la eternidad porque, sea lo que sea, seguro que es demasiado poco para albergarla a ella.

El recuerdo a los que ya no están hace que sea fácil recrear el dolor. Lágrima conduce a lágrima y ayuda a simplificar las cosas. Con Yolanda no hace falta. Su sonrisa lo llenaba todo y te ganaba. Y eso se agradecía siempre. Y, seguramente por eso, su falta deja un hueco tan hondo y tan doloroso.

Nada de nostalgias vacías. No puedo ni quiero más que echarle flores en su memoria. Yoli nos ha dejado demasiado pronto. No sé dónde puede estar ahora, pero sí que se las ha arreglado para seguir siendo imprescindible. Mejor callar cuando no se puede decir más.

Ojalá estuvieras todavía aquí en cuerpo, igual que lo estás en alma. Gracias por todo.

Manuel Rodríguez

Olas de pánico

Cada cierto tiempo se produce una ola de pánico. No sé si lo han notado. Empieza la cosa con un titular de periódico o de informativo (ni siquiera hace falta que haya noticia) y ya se va creando el run run y la cosa va in crescendo, hasta que la gente pulsa el botón del pánico como si se hubiera tropezado con Melendi o con algún maleante.

Esas olas de pánico son cíclicas. Y se crean por las más diversas causas. Casi todas tienen que ver con las tradiciones o con que algo vaya contra esas tradiciones. La tradición, ya saben, manda. Y mucho. Y tradiciones tenemos de todos los colores, así que nunca nos va a faltar quien se sienta ofendido u ofendida cuando crea que algo o alguien lesiona alguna de ellas.

Ya puede ser que en un desfile no haya unos tipos disfrazados de maceros, que a los Reyes Magos los vistan de Agatha Ruiz de la Prada o que mandemos a Eurovisión – ese templo del buen gusto musical – a una chica que canta en inglés. Cualquier cosa vale para sentirnos ofendidos y lanzar diatribas contra la posmodernidad que, válganos un dibé, amenaza con acabar con el tirar cabras desde los campanarios, la copla a todas horas en Canal Sur, cobrar sin IVA y otras tradiciones ancestrales.

Si nos guiamos simplemente por lo que ha dado de sí en informativos, periódicos, gacetillas y redes sociales ese sentimiento de ofensa a las tradiciones cuyo origen se pierde en eso tan poético de la noche de los tiempos, está claro que estamos tremendamente preocupados por los títeres, las rastas, los bebés en el Congreso, Venezuela e Irán. Espero con ansia verlo reflejado en la próxima encuesta del CIS.

Manuel Rodríguez

Defecamos mal

Un estudio afirma que defecamos mal. Una actividad tan íntima, que realizamos a diario, no sabemos hacerla. Nos han enseñado desde pequeños a sentarnos en la taza del váter y hemos dado por hecho que, puesto que la Naturaleza es sabia, sabíamos cómo hacer de vientre.

Pues resulta que no. Que estábamos en un error. Que hemos vivido engañados. Que llevamos siglos cagando de forma equivocada. Que, según estudios científicos, sentarse en el retrete para hacer nuestras necesidades fisiológicas no es bueno para el esfínter. Tiene que ver con el ángulo y la posición que adoptamos, no me pidan que entre en detalles...

Enterarme de que, en la ‘era del abrefácil’, no sabemos sentarnos en el inodoro, me ha llevado a preguntarme qué otras cosas llevamos tiempo haciendo mal. Si llevamos siglos cagándola (valga la expresión) en otros ámbitos y eso puede explicar los discos de Pitingo, las ventas de Melendi y que haya gente que se compra pantallas curvas para acabar viendo el debate entre  Pedro Sánchez y Rajoy.

            Piénselo, señora. Si no sabemos siquiera la postura más saludable para ir al baño ¿cómo vamos a estar seguros de que sabemos, por ejemplo, elegir a nuestros concejales, alcaldes y diputados? ¿Erramos tanto al ir a evacuar como al depositar el voto en la urna? ¿Elegimos mal a los políticos a los que seguimos votando a pesar de ponerlos a parir en las encuestas?

            Ay, qué sinvivir

Manuel Rodríguez

El chorizo mata

Malas noticias: el chorizo mata. Y las salchichas, el jamón, la cecina y las hamburguesas. Eso dice la Organización Mundial de la Salud (OMS), ya se habrán enterado…

Todo porque el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC) dice que estudios epidemiológicos “sugerían que los pequeños aumentos en el riesgo de varios tipos de cáncer podían estar asociados con un alto consumo de carne roja o de carne procesada”. O sea, que la carne roja y la carne procesada son cancerígenas, mire usted. Como el tabaco. Y eso lo concluye un estudio de 22 expertos procedentes de 10 países. Me apuesto lo que quieran a que ninguno era de Cantimpalo o de Jabugo.

Pues mire usted, señora, mí me parece insuficiente lo que digan el CIIC y la OMS con todos sus expertos. Es más: ¿por qué contentarnos con la única opinión de los expertos en cuestiones sanitarias? Yo propongo que se monte un equipo multidisciplinar que haga un análisis holístico del asunto desde distintas perspectivas: biológica, psiquiátrica, económica, medioambiental y, por supuesto, religiosa.

Porque, a ver, ¿qué sentido tiene que las mejores cosas de la vida le maten a uno? ¿A qué espera el Vaticano para pronunciarse sobre el asunto? Que el jamón y el embutido provoquen cáncer ¿es la forma que Dios tiene de hackear nuestro libre albedrío? El diablo ¿vive en la mortadela? Y, de ser así, la eternidad ¿es un buffet libre de coliflor hervida y brócoli?

Porque si es así ya les aviso que prefiero condenarme.

Horrotondismo

¿Se han preguntado alguna vez el porqué de las rotondas? No se crean que es una pregunta estúpida. Una sociedad que deja de preguntarse el porqué de ciertas cosas está condenada a creerse lo que le ponen en la televisión. Y eso es peor que la extinción.

No son ganas de interrogarse. Incluso hay una teoría que asegura que las rotondas son una de las bellas artes. O merecen serlo. Los hay que consideran que el rotondismo es “el movimiento escultórico más importante de España desde la ocupación romana”. Ustedes se lo toman como quieran. También los hay que, desde el punto de vista contrario y con ganas de malmeter, han acuñado el palabro “horrotondismo”.

Sea como fuere, lo que no puede negarse es la de miles de intersecciones circulares que hay, con su poco de carrusel y de túmulo funerario tartésico. Su construcción ha ido ligada al boom del ladrillo, a la cultura del adosado y al clientelismo municipalista.

Si nos ponemos filosóficos, las rotondas tienen algo de sinsentido de la vida, de ir dando vueltas ridículamente, cual perro olfateando su propio trasero. Tampoco han faltado quienes apuntaban que, eliminando los semáforos, se ahorraba en consumo eléctrico. Incluso los hay que han calculado a cuántas rotondas cabemos por contribuyente.

Pero, al final, de lo que más tienen las rotondas es de politiquilla cateta, ¿no creen? De precampaña electoral a la carrera. De “inaugura que algo queda”. O, peor aún, del “corre que nos pilla el toro y no hemos inaugurado nada todavía”.

 

 

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