Patriarcadas

La injusta sentencia por la violación de la Manada ha provocado la indignación generalizada en parte porque revela una legislación que deja a la interpretación técnica de un juez qué es intimidación y qué es violación.

Si no hay consentimiento es violación. Punto. La sentencia ve probado que la víctima, una chica de 18 años, sufrió una situación de sometimiento, intimidación y coacción. Fue violada por turnos. No soy experto en leyes, pero eso es un delito de agresión sexual y no de abuso sexual según el artículo 181. Por mucho que un juez haya querido ver “jolgorio y regocijo” en esa sórdida escena.

Pero ya no es siquiera una cuestión de Derecho ni de código penal. Según la ONU, la violencia patriarcal es una pandemia mundial. Los privilegios del hombre sobre la mujer se ven como algo natural. La Manada no son cinco. Son las 21 personas que compartían ese chat de WhatsApp y rieron y compartieron los mensajes de los violadores. Son (somos) todos los que no vemos o no queremos ver que el problema es de desigualdad, de discriminación y de opresión de la mujer por el mero hecho de ser mujer.

Y toda opresión, decía Simone de Beauvoir, crea un estado de guerra.

El arte del WhatsApp

Si les gustan a ustedes las distopías seguro que tienen la sensación de estar viviendo una. De un tiempo a esta parte no hay forma de que una historia de ciencia ficción pueda coger una distancia razonable con la realidad. Al ritmo que va todo, temporadas enteras de ‘Black mirror’ corren riesgo de acabar convertidas en pastiches costumbristas; y ‘Blade Runner’ está a punto de colisionar con la familia Alcántara.

Qué me dicen si no de que en el Ayuntamiento se avise de los plenos extraordinarios por WhatsApp a los portavoces municipales. La cosa tiene su encanto: representantes de los ciudadanos avisando de la reunión urgente del órgano máximo de la soberanía municipal a través de la misma aplicación que usan los ‘millennials’ para quedar el viernes o encontrarse en la portada de Feria.

Vaya por delante que no me parece mal sistema. Sólo que como toda tecnología, tiene limitaciones y riesgos. ¿Se imaginan qué puede pasar si WhatsApp sufre una de sus habituales caídas justo cuando hay que avisar de una sesión plenaria inaplazable? Ahora que se planea meter publicidad en la aplicación ¿anunciará los plenos una marca comercial? En sus mensajes ¿intercalan emoticonos los capitulares?

Hay un mundo de infinitas posibilidades para una democracia 4.0. Admitiendo que hemos perdido la oportunidad de que la Amazona Herida celebrara su cumple con un Instagram, yo propondría retransmitir los plenos por Facebook Live y darle al alcalde un palo selfie para que inmortalice sus salidas en las procesiones. Así de paso, meteríamos a Écija en el mapa. En el de Foursquare.


 Manuel Rodríguez

Cerrando Locales

Si hay una manía que no entiendo es la de querer que todo siga como estaba. Quiero decir que, maniático como soy, se me escapa qué mueve a una persona a salir cada día dispuesta a escandalizarse por algo nuevo que está en el lugar de algo viejo.

Sé que saben de qué hablo. Muchos de ustedes están en algún grupo de whatsapp o de Facebook de esos de compartir mensajes y fotos de “mira qué bonita esta plaza en los años veinte” o “ay qué lastimita que esta fachada tan del siglo XV ya no existe”. O seguro que tienen un cuñado que habla de esas cosas y las comparte habitualmente.

A todos nos gusta lo añejo. Pero una cosa es ser conservador y otra querer vivir en un parque temático del Barroco rancio. Y enfadarse a diario con cualquier cambio no puede ser bueno. Como tampoco ese afán por embalsamarlo todo, por pelearse porque todo se mantenga “como toda la vida de Dios”, por querer solamente recuerdos.

Uno sabe que se hace viejo cuando le da pena que se cierre un local en su ciudad. Nos ha pasado a todos y nos seguirá pasando. Se cierra el cine donde tantas pelis disfrutaste o el bar de la esquina donde solías quedar con los amigos y te enfadas con la franquicia de Inditex, la tienda de Apple o el comercio de los chinos que los sustituye. Ese enfado es un placebo, nuestra manera de matar el tiempo. Y es una emoción que pasa.

Porque todos seguiremos quedando en la misma esquina con los colegas, a pesar de todo. Y a pesar de los enfermizos disecadores nostálgicos que no se acostumbran a ver pasar el tiempo y la vida.

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Manuel Rodríguez

Peñaflor

El año que viene se podrá pasear por el Palacio de Peñaflor. No, es broma, pero ¿a que se le ha acelerado el pulso por la emoción, señora? La recuperación de los balcones largos es firme candidata a ser la nueva ‘Obra de Santa Cruz’ – ya saben, esa que no se termina nunca – en reñida competición con el Carnet Joven. No se rían: tengo una amiga a la que se le ha pasado la edad esperando los descuentos de la tarjeta.

            Y menos mal que estamos hablando de un edificio patrimonial y que es un puntal básico para el desarrollo turístico y socioeconómico y bla, bla, bla… Estoy seguro que todos y cada uno (y una) de ustedes tiene un amigo que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que una vez escuchó que al Palacio de Peñaflor se le puede sacar mucho rendimiento turístico-económico. Eso sí: una vez que esté com-ple-ta-men-te restaurado.

            Ay, cuánto tenemos que aprender de los catalanes. Fíjense que ellos llevan más de un siglo ingresando parné por enseñar a los turistas la Sagrada Familia, que empezaron a construir en 1882 y todavía no han terminado. ¿No podemos nosotros sacarle también provecho turístico a Peñaflor? Bastaría poner unos chavales a repartir flyers en El Puente y en El Salón y formar a guías que explicaran a los turistas ingleses y orientales que Peñaflor está como está porque es una obra extraordinariamente compleja. Les ponemos a los guiris un puesto de salchipapas y la actuación de dos academias flamencas y negocio redondo.

                Ya que no disfrutamos del palacio, al menos que le saquemos algo de pasta.            

Manuel Rodríguez

Yolanda

Yolanda Marín ha muerto. Demasiado pronto. Me cuesta horrores hacerme a la idea.

Yolanda, Yoli, se nos ha ido. El destino tiene que ser algo muy cabrón para dejar tanto dolor. Yoli se ha ido y su marcha deja un hueco tan grande que no habrá nada que lo pueda llenar.

Pocas personas podrán presumir de reunir tantas buenas cualidades como las que acumulaba Yolanda. Que se prepare la eternidad porque, sea lo que sea, seguro que es demasiado poco para albergarla a ella.

El recuerdo a los que ya no están hace que sea fácil recrear el dolor. Lágrima conduce a lágrima y ayuda a simplificar las cosas. Con Yolanda no hace falta. Su sonrisa lo llenaba todo y te ganaba. Y eso se agradecía siempre. Y, seguramente por eso, su falta deja un hueco tan hondo y tan doloroso.

Nada de nostalgias vacías. No puedo ni quiero más que echarle flores en su memoria. Yoli nos ha dejado demasiado pronto. No sé dónde puede estar ahora, pero sí que se las ha arreglado para seguir siendo imprescindible. Mejor callar cuando no se puede decir más.

Ojalá estuvieras todavía aquí en cuerpo, igual que lo estás en alma. Gracias por todo.

Manuel Rodríguez

Olas de pánico

Cada cierto tiempo se produce una ola de pánico. No sé si lo han notado. Empieza la cosa con un titular de periódico o de informativo (ni siquiera hace falta que haya noticia) y ya se va creando el run run y la cosa va in crescendo, hasta que la gente pulsa el botón del pánico como si se hubiera tropezado con Melendi o con algún maleante.

Esas olas de pánico son cíclicas. Y se crean por las más diversas causas. Casi todas tienen que ver con las tradiciones o con que algo vaya contra esas tradiciones. La tradición, ya saben, manda. Y mucho. Y tradiciones tenemos de todos los colores, así que nunca nos va a faltar quien se sienta ofendido u ofendida cuando crea que algo o alguien lesiona alguna de ellas.

Ya puede ser que en un desfile no haya unos tipos disfrazados de maceros, que a los Reyes Magos los vistan de Agatha Ruiz de la Prada o que mandemos a Eurovisión – ese templo del buen gusto musical – a una chica que canta en inglés. Cualquier cosa vale para sentirnos ofendidos y lanzar diatribas contra la posmodernidad que, válganos un dibé, amenaza con acabar con el tirar cabras desde los campanarios, la copla a todas horas en Canal Sur, cobrar sin IVA y otras tradiciones ancestrales.

Si nos guiamos simplemente por lo que ha dado de sí en informativos, periódicos, gacetillas y redes sociales ese sentimiento de ofensa a las tradiciones cuyo origen se pierde en eso tan poético de la noche de los tiempos, está claro que estamos tremendamente preocupados por los títeres, las rastas, los bebés en el Congreso, Venezuela e Irán. Espero con ansia verlo reflejado en la próxima encuesta del CIS.

Manuel Rodríguez

 

 

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